
Seguramente estas no sean mis mejores fotos, de hecho no sé si tengo mejores fotos, seguramente a la gente le parezcan vulgares
imagenes, y de hecho,
estarán en lo cierto.
La magia de la fotografía reside en esa lucha constante que mantiene con el tiempo, la fotografía consigue que por un momento olvidemos que el tiempo pasa más deprisa de lo que creemos, y nos transporta a tiempos pasados, en los que
generalmente fuimos felices, (no creo que muchos tengan fotografías del entierro de familiares y sucesos
traumáticos), pero eso son otros menesteres.
Hace medio año volví con el rabo entre las piernas a Alicante, a veces hay que traicionar al corazón y seguir lo que la cabeza, y en mi caso, la tarjeta de crédito, te
guíe. Como dije, hace medio año que volví de Valencia, y parece que fuera hace una eternidad. Allí pasé de ser un niño a un hombre, aprendí a convivir, le di alimento a mi coco, falto de
motivaciones hasta ese momento, encontré a la otra mitad de esta naranja partida, dónde sino encontrar a mi otra mitad que en Valencia, tierra huertana donde las haya, aprendí a creer que los sueños pueden hacerse realidad, y también aprendí, aunque esto último fue lo que menos me gustó, que para crecer hay que rechazar muchas cosas y personas que
quisiéramos tener para siempre.
Hace seis meses
volví a Alicante, hace unas semanas pasé un fin de semana en Valencia, hace diez minutos estaba viendo fotos de aquel piso, de esa suma, nace esta entrada.